J. Antonio Aspiros V.
El 7 de febrero se cumplirán cinco años de que murió -a los 81 de edad- Augusto ‘Tito’ Monterroso, el reconocido escritor hondureño nacionalizado guatemalteco, ganador del Premio ‘Juan Rulfo’ en 1996, que por motivos políticos vivió exiliado en México.
Aparte de que haber disfrutado algunas de sus obras y celebrado su posición política frente a las dictaduras, el redactor encontró con él algunas casualidades, dada cierta manía y facilidad para hallarlas al paso, una de ellas que Monterroso llegó a México por primera vez, huyendo de la persecución en Guatemala, el año en que aquél nació.
Obligado por el despotismo guatemalteco, ‘Tito’ Monterroso se instaló definitivamente en la ciudad de México y estableció su casa en el elitista barrio de Chimalistac, a espaldas del monumento a Álvaro Obregón, en San Ángel. Segunda coincidencia.
Ir a Chimalistac los domingos, fue uno de los dos principales paseos infantiles del redactor, en compañía del abuelo materno. En esos tiempos el lugar era cruzado por el río Magdalena, que golpeaba con una fuerza impresionante en un codo al oriente de la plaza ‘Federico Gamboa’ y luego seguía su recorrido hacia la ahora avenida Universidad. El espectáculo que proporcionaba, valía por sí solo la visita.
En aras del progreso (en serio, así se dice) ese río fue entubado y la calle resultante fue empedrada y le pusieron un camellón, para ampliar la zona de acceso a las elegantes residencias donde viven unas monjas y diversos privilegiados que también tienen oficinas en tales casonas. Allí tuvo Monterroso su hogar junto con su luego viuda, la poeta mexicana Bárbara Jacob.
‘Tito’ debió haber disfrutado tanto como el redactor en su infancia, de aquel pequeño oasis que fue Chimalistac, con su tranquilo y mínimo parque dedicado al autor de ‘Santa’ y con su breve capilla del tamaño del célebre cuento monterrosiano El dinosaurio, o de los ‘poemínimos’ de Efraín Huerta.
En ese paraíso a escala pasó el redactor las horas dominicales cuando no iba con su abuelo al bosque de Chapultepec, en tiempos que sólo lo era la actual primera sección, que tenía juegos mecánicos, y mientras uno leía su Excélsior -cuando era el mejor diario del país- el otro veía el suplemento infantil o jugaba, solitario, con cualquier cosilla comprada después de la misa en la parroquia de San Miguel, en su natal Tacubaya.
Una tercera coincidencia, si lo es, tiene que ver con que el finado autor de ‘La letra E’ fue internado los últimos días de su vida en el hospital ABC o Inglés, a dos cuadras de donde aún viven los padres del redactor, y a dos también del panteón civil de Dolores donde yacen -desde hace 35 y 55 años, respectivamente- la abuela María y el abuelo José Antonio, aquél que le permitió el privilegio de conocer Chimalistac cuando era para todos y aún se respiraba el olor a bosque.
Gracias, ‘Tito’ Monterroso, por la literatura que nos diste y por la añoranza que ahora nos has permitido.











